La Arquitectura Virtuosa del Mediador:

La Mediación Marítima

Por: Pedro Manuel Olveira Hernández

I. Introducción

El mediador necesita virtudes. El siguiente artículo examina el impacto que puede tener en la mediación marítima el ejercicio de una arquitectura de buenos hábitos puestos en práctica por un mediador, cuya labor es fundamentalmente compositiva y está dirigida a orientar a las partes para que cambien su actitud y a descubrir que ellas mismas son capaces de solucionar sus diferencias.

El ejercicio de virtudes por parte de un mediador implica una serie de rasgos que caracterizarán la actuación de este tercero imparcial y neutro, conduciendo a las partes involucradas en el proceso hacia resultados enmarcados dentro del ordenamiento jurídico vigente, que produzcan efectos justos y reconciliatorios.

Para visualizar este impacto, se exponen las virtudes que -además de los requisitos formales- deberían caracterizar a un mediador en su acompañamiento a las partes a lo largo de un proceso que les permitirá tomar sus propias decisiones. Pensemos cómo podría influenciar positivamente para que lleguen a resolver sus diferencias, ayudándolas a desarrollar el diálogo de la mejor manera posible.

Este artículo no propone una fórmula milagrosa que pretenda justificar de ninguna manera que la mediación sea factible en todos los casos, por el contrario nos referimos a buenos hábitos que deberían acompañar a la figura clave del mediador para la existencia de una verdadera mediación, entre los que incluimos el ejercicio de la prudencia y la rectitud, que inclusive pueden ser muy útiles a la hora de evaluar si una situación concreta es mediable o no, sobretodo cuando es más que conocido por todos los abogados, lo muy largos y onerosos que pueden llegar a ser procesos tan formalizados (burocratizados) como los litigios, cuyas deficiencias puede contribuir a superar la mediación.

II. La Mediación en el Ámbito Internacional

En términos doctrinales, la noción de la mediación no es totalmente pacífica entre los autores, ni tampoco obtiene mayor uniformidad entre las distintas legislaciones a nivel internacional. Sin embargo, incluye varios elementos idénticos.

Lo anterior no es muy difícil de comprender, si tomamos en cuenta la flexibilidad de la mediación y su capacidad para adaptarse a las especificidades del conflicto y de las partes. Por eso, Marques Cebola sostiene que definir la mediación podría significar la imposición de límites conceptuales a un mecanismo cuyas virtualidades se basan en la libertad de actuación del mediador, en la informalidad de sus trámites y a su capacidad de aplicación a varios ámbitos temáticos. Por eso es importante que sea virtuoso. Sin embargo, en el caso concreto de la mediación marítima, somos de los que apoyamos la idea de que el mediador –adicionalmente- debe poseer conocimiento específico en el ámbito marítimo.

Así, vemos como la Comunidad Europea -en el ejercicio de una política encaminada a establecer un espacio común de libertad, seguridad y justicia que abarque el acceso a métodos, tanto judiciales como extrajudiciales y de resolución de litigios- mediante la Directiva 2008/52/CE, ha definido en su artículo 3 la mediación como un procedimiento estructurado, sea cual sea su nombre o denominación, en el que dos o mas partes de un litigio intentan voluntariamente alcanzar un acuerdo sobre la resolución de su litigio con la ayuda de un mediador. La UE ha valorado la mediación como una solución económica y rápida.

Lo cierto es que no podemos olvidar el carácter informal de la mediación, por lo que más que verla como una secuencia de actos lógicamente articulados entre sí –lo que podría atentar contra la libertad del mediador para adaptarse al tipo de conflicto y a las partes-, preferimos considerarla un método o camino –que implica el análisis previo de los objetivos pretendidos, de las distintas situaciones con las que podríamos encontrarnos y de la escogencia de la mejor alternativa, entre todas las posibles que se hayan identificado-, para llegar a un fin: el acuerdo de las partes.

El Uniform Mediation Act (UMA) de los Estados Unidos de América, fue creado en el año 2002, como resultado de la colaboración entre la American Bar Association (ABA) y la National Conference of Commissioners on Uniform State Laws (NCCUSL), reconociendo –esta última- que el uso de la mediación se ha convertido en una sólida opción de resolución de conflictos en ese país. El objetivo primordial del UMA fue la simplificación y unificación de los distintos –no pocos- documentos legislativos que regulaban esta figura en los distintos Estados norteamericanos.

Por otra parte, la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional (UNCITRAL), en su Ley Modelo del 24 de junio de 2002 relativa a la conciliación –en cuyo debate participaron representantes de unos 90 Estados-, contiene un régimen uniforme del procedimiento de conciliación, que la propia Asamblea General de la UNCITRAL recomendó a todos los Estados su incorporación en su Derecho interno.

Esta Ley Modelo de UNCITRAL entiende por conciliación a todo procedimiento, designado por términos como los de conciliación, mediación o algún otro de sentido equivalente, en el que las partes soliciten a un tercero o terceros (conciliador), que les preste asistencia en su intento por llegar a un arreglo amistoso de una controversia que se derive de una relación contractual u otro tipo de relación jurídica o esté vinculada a ellas. El conciliador no estará facultado para imponer a las partes una solución de la controversia.

III. La Mediación Marítima

En relación con la figura de la mediación marítima, conviene destacar que -como lo señala Gabaldón- las BIMCO DISPUTE RESOLUTION CLAUSES (BDRC) incluyen la posibilidad de que las partes busquen un acuerdo de arreglo, a través del método o camino de la mediación, concebido como un procedimiento que puede correr paralelamente al procedimiento arbitral.

Asimismo, conviene destacar que las International Hull Clauses (IHC) de la International Underwriters Association (IUA) incluyen una cláusula –la número 50- sobre resolución de controversias, disponiendo que los conflictos entre el Asegurado y los Aseguradores pueden remitirse a la mediación u otra forma de resolución alternativa de conflictos y, en defecto de acuerdo sobre el procedimiento a ser adoptado, cualquier mediación u otra forma de resolución alternativa de conflictos deberá llevarse a cabo rigiéndose por el Modelo de Procedimientos y de Acuerdo de Mediación (Model Mediation Procedure and Agreement) elaborado por el Centre for Effective Dispute Resolution (CEDR Solve), que tiene su sede en Londres, ciudad en la que se están consolidando los centros más importantes que se dedican -de manera profesional y organizada- a la mediación marítima internacional.

En este sentido, una vez que las partes hayan manifestado su voluntad a través de la suscripción del Acuerdo para recurrir a la mediación, el Centre for Effective Dispute Resolution (CEDR Solve) se encargará de:

Nombrar un Mediador, que -actuando como un contratista independiente de las partes- tratará de conseguir una solución conciliatoria para poner fin a la controversia.
Organizará el desarrollo del procedimiento y prestará el apoyo logístico y administrativo que haga falta. El mediador y el Centro están exonerados de responsabilidad frente a las partes por cualquier acto u omisión relativos a los servicios prestados, salvo que se pruebe que tal conducta ha sido realizada de forma dolosa.

Así entonces, el procedimiento se realizará en la sede y fechas previstas por las partes en el Acuerdo que suscribieron para recurrir a la mediación, debiendo acudir las representaciones de ambas lo suficientemente apoderadas para actuar en nombre de ellas y tomar decisiones tendientes a poner fin al litigio, siguiendo en todo momento las reglas que fije el mediador. Asimismo, las costas comunes del procedimiento correrán –igualitariamente- por cuenta de las partes.

Es muy importante resaltar el hecho de que para todo lo actuado dentro de la mediación, se imponen muy estrictos deberes de confidencialidad. Tan es así, que lo dicho por las partes o sus representantes en medio de la mediación, no será ni tan siquiera revelado en el procedimiento arbitral que la originó.

Una vez conseguido un acuerdo conciliatorio, las partes deberán suscribirlo por escrito para que sea legalmente vinculante. Como una facultad del mediador, éste podrá elaborar una recomendación en la que exponga cuáles serían los términos en que –según su criterio- podría alcanzarse una transacción, sólo en caso de que las partes no llegasen a conseguir ese acuerdo conciliatorio -por no haber podido dejar de lado sus posiciones y superar sus diferencias-, siempre y cuando éstas se lo solicitaran expresamente.

Como consecuencia del principio de voluntariedad de las partes para recurrir a la mediación, cualquiera de ellas podrá retirarse en cualquier momento del procedimiento, pudiendo comenzar o continuar procedimientos arbítrales o judiciales en curso sobre la misma cuestión controvertida.

Por último, nos referiremos al sistema de mediación elaborado y administrado por la London Maritime Arbitrators Association (LMAA) de la mano de la Baltic Exchange, que han denominado: The LMAA/Baltic Exchange Mediation Terms/2009, procedimiento pensado para ofrecer un flexible servicio de mediación para la resolución amistosa de las controversias especialmente marítimas.

Este procedimiento de mediación puede iniciarse con independencia de que las partes interesadas estén o no incursas en un procedimiento arbitral y sirve tanto para controversias bilaterales como multilaterales. Las reglas de este procedimiento están disponibles en el sitio web http://www.lmaa.london/default.aspx.

IV. Virtudes del Mediador

Entendemos por virtudes los buenos hábitos que consiguen el predominio de la inteligencia en el ejercicio profesional del mediador, que de forma libre y voluntaria dejará de lado cualquier vicio que pudiera dispersar sus capacidades, logrando por el contrario, concentrarlas y ponerlas al servicio de las partes. Un mediador que tiene virtudes será mucho más libre para garantizar el fiel cumplimiento de su labor y el respeto de los principios rectores de la mediación, ayudando al mismo tiempo a las partes a descubrir su propias habilidades y desarrollar su potencial de cambio personal o comercial, minimizando así los efectos del conflicto y maximizando el potencial de la consecución de un arreglo.

A continuación se desarrollan algunas virtudes que en su conjunto pueden erigirse como los pilares no formales, pero fundamentales, para el ejercicio de lo que en la actualidad se está ensamblando como una alternativa complementaria de una administración de justicia en crisis. Cualquier mediador que empiece este caminar, colaborará con la trascendencia de la mediación hacia nuevas y profundas dimensiones.

4.1 Humildad

¡Qué importante puede ser toparse con un mediador humilde que permita a las partes –o sus representantes- que están tratando de tomar sus propias decisiones, reconocer la ambición y el egoísmo que han podido ser las causas de la desunión, la diferencia, la riña o el rencor que derivó en el conflicto objeto de la mediación!

La humildad de un mediador, es una virtud que también puede servir para que las partes dejen de lado la soberbia, que es un vicio que sólo sirve para generar disputas, que origina muchos conflictos y que daña a las personas, perjudicando también a las empresas y a la sociedad. En la misma medida en que una parte involucrada en una mediación deje de lado la soberbia, podrá ser capaz de ver las necesidades e intereses de la otra, en lugar de limitarse a defender posiciones, porque la humildad lleva a centrarse en los demás y no en uno mismo. Cuando la soberbia es cambiada por la humildad se es capaz de escuchar a los demás y flexible para rectificar.

Un mediador humilde es fuente de serenidad, de comprensión y de paz, pudiendo ser la clave para que, por ejemplo, las partes involucradas en un conflicto a gran escala, sean capaces de encontrar soluciones que permitan alcanzar acuerdos definitivos de paz.

4.2 Sencillez

La sencillez es una virtud que enaltece a las personas y es capaz de generar un ambiente agradable y propicio, muy necesario para la mediación. Al mostrar una conducta sencilla, el mediador puede lograr que con su comportamiento y con sus palabras transmita transparencia y autenticidad, haciendo del proceso de mediación una herramienta idónea para inducir a las partes a que venzan esa tendencia de protegerse frente a la otra, de encubrir sus necesidades e intereses usando una fachada que no coincida con lo que realmente ha originado el conflicto.

La sinceridad y la naturalidad son consecuencias de la sencillez, que al ponerla en práctica motiva a las partes para que lo que digan sea realmente el reflejo de lo que las ha motivado a actuar de una forma o de otra, de lo que realmente necesitan. De esta forma, la sencillez hace verdaderamente libres a las partes, permitiéndoles expresarse transparentemente de acuerdo con lo piensan y sienten, sin tapujos ni temores.

La sencillez permite darse a conocer íntimamente por lo que realmente se es, suponiendo una reflexión de lo que se quiere manifestar, ayudándonos a actuar congruentemente. Independientemente de las razones que puedan tener para ocultarse, es una tendencia que a través de la sencillez el mediador debe hacer que las partes dejen de lado, pues las aleja de la posibilidad de descubrir sus capacidades para alcanzar acuerdos justos y coherentes que satisfagan las necesidades e intereses de ambas. La mejor forma que un mediador pueda lograr que las partes se dejen ayudar, es dejándose conocer por su sencillez.

4.3 Prudencia

Lo más característico del ser humano -según Lorda- es que es capaz de gobernarse a sí mismo, a lo que yo agregaría que al menos esto es lo que comúnmente pensamos. La prudencia es la virtud que hace posible que nos gobernemos a nosotros mismos, y consiste en el hábito de hacer bien en cada momento lo que hay que hacer. Sólo en la medida en que podemos hacerlo, adquiriremos la capacidad para gobernar a otros.

La labor del mediador, consiste en lograr que las partes actúen con prudencia, es decir, que no se limiten a hacer algo porque lo consideren obvio o porque así lo hace todo el mundo, sino que expliquen el por qué y para qué de sus pretensiones, de manera que sea su propia inteligencia la que les proporcione los elementos de juicio que les permita valorar en cada caso cómo hay que actuar. Esto servirá para que las partes en el momento en que expliquen sus motivos se hagan un juicio moral a sí mismas acerca de cómo se están conduciendo. A ese juicio se le llama conciencia y es la mejor herramienta que podemos poner en práctica cuando queremos hacer bien lo que tenemos que hacer.

4.4 Rectitud

Así como decíamos anteriormente que la prudencia perfecciona la inteligencia en orden de decidir bien en base a la conciencia, la rectitud es la virtud que de forma paralela perfecciona la voluntad en orden de querer hacer lo debido, es decir, de hacer lo que conciencia nos dijo que era lo correcto. Por eso también a la rectitud se le llama fuerza de voluntad, que nos lleva a querer cumplir nuestras obligaciones.

¿Cómo lograr que el mediador haga que las partes obedezcan a su conciencia? El mediador -al momento de realizar la sesión informativa- podría explicar a las partes, con mucha sencillez, que su labor es guiarlas para que identifiquen las habilidades que les permitan resolver sus diferencias hasta alcanzar libre y voluntariamente un acuerdo equitativo donde cada una pueda obtener lo que le corresponde.

El mediador debe transmitir tranquilidad a las partes expresándoles con claridad que será garante de que el proceso se realice en condiciones de igualdad y respetando los derechos que le asisten a cada una, e invitarlas de este modo a que a lo largo del proceso no se dejen llevar por sus pasiones ni por sus ambiciones, sino por su sentido del deber, pues la experiencia ha demostrado que un acuerdo alcanzado en estos términos es mucho más duradero y produce mejores frutos para ambas.

4.5 Justicia

La justicia solamente se realiza respecto a otras personas, y es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde. Para el mediador, la justicia lo dispone a hacer que se respeten los derechos de cada una de las partes, a través de la realización de un proceso armónico que promueva la equidad, el respecto y el bien de ambas.

Cuando hablamos de mediación nos referimos a un diálogo asistido y de escucha activa, por lo que es muy importante que el mediador comunique a las partes que serán guiadas en condiciones de igualdad, para que ellas mismas intenten encontrar soluciones que sean satisfactorias para ambas, es decir lo más justas posible. Los seres humanos nos movemos por tres motivos: el placer, el interés o lo que es adecuado y justo; por eso el mediador ha de hacer ver a las partes que fallar es humano, pero que también en muy humano reconocer los errores, reconocer a los demás y rectificar.

Un mediador que promueva claramente la justicia y garantice la igualdad en la guía que le supone el proceso que dirige como tercero neutro e imparcial, podrá producir resultados satisfactorios derivados de la colaboración y del entendimiento de las partes, que dejaron de lado sus ambiciones y las cambiaron por el bien común. De hecho, un acuerdo equitativo además de ser justo promueve el bien común de las partes, garantizándolo por mucho tiempo.

4.6 Fortaleza

Desde la sesión informativa, un mediador debe mostrar una actitud paciente, decidida y optimista frente al esfuerzo que supone la mediación que llevará a cabo, sin abandonar en ningún momento el propósito de hacer que las partes colaboren entre sí en un proceso de diálogo asistido. Un mediador nunca debe abordar un caso con demasiada confianza, pensando que será muy fácil lograr que las partes se entiendan; ni tampoco con desidia, demostrando desgano o apatía por la resolución del conflicto, pues en todo caso “eso no le afecta directamente”.

Visto de esta manera, tanto el exceso de confianza como la desidia podrían ser el reflejo de esa tendencia tan defectuosa de la que muchas personas sufrimos llamada pereza, que suele tener una eficacia extraordinaria en nuestras vidas y que no es más que el horror a todo lo que supone exigencia -que nos hace perder la paciencia-, sobretodo cuando se trata de trabajar para los demás.

Para vencer este defecto tan común es necesario que se imponga el dominio de la inteligencia sobre el miedo a la fatiga o a la no obtención del resultado esperado, luchando siempre por mantener la libertad de acción que la pereza es capaz de encadenar. No debemos olvidar que esta lucha personal debemos hacerla siempre manifestando al mismo tiempo un trato afable y cargado de amabilidad, cuyos efectos pueden ser muy positivos en las partes logrando así persuadirlas para que se dispongan a dialogar con armonía, con el ánimo de buscar soluciones satisfactorias para ambas y hasta disculparse o perdonarse si es necesario, para que además puedan continuar teniendo relaciones comerciales, de ser el caso.

Muchos tenemos una rara habilidad para disculparnos, para buscar excusas. Y uno de los motivos más frecuentes es la comparación; pero a veces tenemos tendencia de compararnos siempre con quien hace menos. Vendría muy bien que un mediador -por la naturaleza del trabajo que realiza para ayudar a otros- se compare siempre con quien hace más, que no le falten nunca energías para exigirse más.
Finalmente resumiremos la fortaleza como la capacidad de exigirse que debe tener todo mediador, que es la clave del éxito para obtener mejores resultados.

4.7 Trabajar para los demás

El mediador sin duda alguna debe orientar su trabajo hacia las partes, asistiéndoles para que puedan dialogar en un ambiente armónico con el firme objetivo de encontrar soluciones justas y satisfactorias para ambas. A lo largo de todo el proceso, el mediador debe tener siempre muy claro el criterio fundamental de que el propósito de su trabajo es el de servir a las partes, el de trabajar para ellas.

Se trata un poco de ponerse en la circunstancia de las partes para poder ayudarles y entenderles mejor. Claro está, sin dejar de lado en ningún momento los principio rectores de la mediación entre los cuales están la neutralidad y la imparcialidad.

Que el mediador -durante el diálogo asistido de las partes y durante la escucha activa que realiza- se ponga en la situación de quienes tienen el conflicto objeto del proceso, puede ser muy beneficioso para la consecución de resultados óptimos, pues servirá para que las partes se sientan comprendidas y sean capaces de intercambiar posiciones por intereses. Precisamente por esto es que somos partidarios de que en la mediación marítima, la persona del mediador tenga conocimientos específicos del ámbito marítimo.

Por último, trabajar para las partes quiere decir que el mediador no sea indiferente frente a los resultados del proceso, que siempre su trabajo esté dirigido a que solucionen sus conflictos de la mejor y más justa manera posible. Aunque obviamente el trabajo del mediador implica una justa y adecuada remuneración en función de su labor, el motivo que lo debe apasionar para exigirse el máximo de su capacidad, es el deseo de servir y ayudar a las partes.

4.8 Amabilidad

Todo el proceso de mediación requiere de amabilidad. De hecho, desde el primer momento en que las partes deciden voluntariamente someterse a la mediación están siendo amables, pues ser amable también significa acudir en auxilio de otros cuando se necesita ayuda.

La amabilidad influye poderosamente en los demás. Es por esa razón que ésta también ha de ser una cualidad del mediador, pues siendo amable alentará el esfuerzo de las partes en la búsqueda del bien común.

La amabilidad también puede llevar a una de las partes a reconocer o atender una necesidad antes de que la otra lo pida. No estamos queriendo decir con esto que la amabilidad vaya a hacer milagros dentro de un proceso de mediación, simplemente queremos resaltar lo beneficioso que puede llegar a ser un mediador cuando es amable, pues es muy posible que sus acciones no acaben en sí mismas sino que lleven a otras, pues el buen ejemplo cunde.

Un solo gesto de amabilidad por parte del mediador puede ser capaz de echar raíces en todas las direcciones y su mayor servicio puede que sea el hacer más amables a las partes, pues suele ser más amable quien más amabilidad recibe.

Una palabra amable o un simple tono de voz pueden ser suficientes para que una de las partes manifieste su comprensión hacia la otra, y solamente se requiere de un momento para que esto ocurra. Ese momento de amabilidad puede ser el desencadenante de un excelente y muy justo acuerdo que ponga fin a un conflicto.
Por último quisiéramos destacar que seguramente ninguna de las partes se fijará demasiado en el esfuerzo que pueda estar haciendo la otra, sino más bien en cómo lo hace, percibiendo sobretodo su amabilidad.

V. Del Conflicto a los Logros

Entendido el conflicto -según una de las acepciones del diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia de Lengua Española, en su edición de 2001- como “problema, cuestión, materia de discusión”, vemos como a través del ejercicio de una arquitectura de buenos hábitos o virtudes, el mediador puede conducir a las partes desde la discusión hacia el bien común, la armonía, una disculpa o hasta el perdón.

Cualquiera de estos logros serán posibles a través de la utilización de distintos elementos compositivos empleados por el mediador para hacer que las partes alcancen unos objetivos. Esta arquitectura del mediador es el resultado de amalgamar sus buenos hábitos o virtudes dentro del proceso que dirige.

La práctica de las virtudes desde el inicio del proceso de mediación nos hará entender el conflicto, detectar el problema o los asuntos a tratar y mover a las partes de posiciones a intereses. Las partes normalmente comunican posiciones y queremos que nos revelen sus intereses, pues sólo de esta forma daremos el primer paso para que de la discusión puedan obtenerse logros. Así, haremos de la discusión un diálogo en el que ambas partes busquen el bien común. Y para que esto ocurra deberán dejar de lado las pasiones o resentimientos que han podido generar el conflicto, de lo contrario es muy posible sólo se consigan insultos o desplantes.

Los resultados de la mediación deben apoyarse necesariamente en la verdad expresada libremente y con sencillez por las partes o sus representantes, dejando ver sus intereses y necesidades. Sólo de esta manera cada una será capaz de visualizar hasta dónde llegan sus derechos, pero al mismo de reconocer dónde empiezan los de la otra. La búsqueda del bien común está apoyada en la justicia, por eso la mediación juega un importantísimo papel complementario de la administración de justicia.

Además, cuando las partes expresan libremente los intereses que fundamentan sus posiciones, es muy común que se pongan en manifiesto resentimientos, que suelen aparecer como reacciones a estímulos negativos que hirieron su propio yo, generalmente en forma de ofensa o agresión. Esta ofensa puede haberse materializado a través de una acción u omisión directa; tal vez es producto de la imaginación, cuando por ejemplo se interpreta una frase desagradable como un intento de difamación; o podría derivarse de una circunstancia como la situación económica comercial, o de serios inconvenientes derivados de la realidad política y económica de una país, de posiciones políticas, etcétera.

No olvidemos que las relaciones comerciales entre empresas siempre son llevadas por personas. Y en ocasiones, sus reacciones pueden llegar a causar más daño que los propios hechos que las generaron, porque a veces las personas se concentran en quien los ofendió y en su agravio, en lugar de buscar una respuesta adecuada. Esto se debe a que el resentimiento es un sentimiento, una pasión, cuyo manejo no es tarea fácil. Por eso el mediador debe ser virtuoso, para hacer que las partes se deslastren de sus pasiones y se dejen llevar por su conciencia, por el ánimo de justicia y por el bien comercial común.

Justamente cuando entra en juego un resentimiento -que me atrevería a decir que es en la mayoría de los casos-, es cuando más relevancia cobra la figura de la arquitectura virtuosa del mediador, permitiendo a las partes comprender claramente cuáles fueron los hechos que motivaron el conflicto, cómo ocurrieron y si ameritan una disculpa o el perdón.

Se debe disculpar a quien no es culpable de una agresión u ofensa, mientras que se puede perdonar al culpable. Antes decíamos que los resentimientos pueden originarse de acciones, omisiones o circunstancias reales o producto de la imaginación. Cuando el presunto agresor que hiere el propio yo de una persona lo hizo voluntariamente será culpable, podrá arrepentirse y pedir perdón, y la otra parte podrá perdonarlo o no. Pero, cuando no es culpable, es decir, cuando realmente no existió la agresión u ofensa que originó el resentimiento o fue involuntaria, será merecedor de una disculpa.

Las partes sólo serán capaces de aclarar situaciones que involucren resentimientos en medio de un proceso de diálogo asistido virtuosamente. Sólo así podrán conseguir respuestas adecuadas que permitan solucionar su conflicto.

BIBLIOGRAFÍA

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